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LETRA
Fragmentos para agradecer POR JORGE GARCIA USTA (A Circe Cruz y Adán Pérez) Mirar por una ventana en Ponce la indefensa nada del aire esperando la llegada de la música y sus concéntricos tumores de pureza mirar la luz que roza las casas de Ponce y mete el último sol taíno en la propia voz de El Jefe que es evangelio y sobremesa en los atracaderos cuando por la calle suenas tarros de desperdicio que son maracas fundadoras, tu abuelo enseña por igual décimas y trompadas y Ramito y Chuito, el de Bayamón, te mandan gratuitas las maromas del solfeo mirar las formas del silbido las formas de la mueca las formas del hambre que abundan en los barrios de trapo y latón donde empacan a los cantantes para que pongan a rodar sus malacrianzas por el mundo Porque un cantante es una malacrianza, una flecha contra el coro, un sol disponible, el índice de un payaso en medio del salón de oro y lo más solo de todo lo solo y lo más puro y sucio de cada tribu haciendo fila al anochecer para entrar a tu voz Que viva el coro de la pernicia que sabe hablarle a la última boca roja del bar Porque al final del día, Héctor, iremos a mendigar al bar una nada de tu nada, para llegar a mañana y respirar en la esquina que quede Adónde irás Héctor, ahora que todos aprendimos a cantarte y ya no puedes dejar de andar por diciembre como un espectro conyugal una brisa dolorosa un monstruo marino con la trompa enyesada la gloria no son los bullicios de MTV ni el satín del videoclip en el suburbio de montaje ni las fanfarrias de primer plano en las danzas del vientre de producción en serie la gloria es esa cuando un hombre con dos paquetes de farmacia en las manos entra a un bus y oye tu voz y se queda seco y solo y no necesita mirar a nadie ni nada pordiosero sumergido en su único y perpetuo triunfo de cuatro minutos novio súbito del alumbrado público y la respiración de las almohadas y quiere que el bus no llegue nunca mientras tu voz morada y matutina distribuye el precipicio fija los pasos de la fe Yagé, ubre, ópalo, Por tu voz los niños manchan con sus babas rojas las escalinatas del templo, los bebedores renuncian a ser bravos unánimes y dejan caer las pestañas como quinceañeras, y los ventetú del sur del Bronx estrenan resplandor en las pupilas Al anochecer, cuando caes, al amanecer, cuando caes, porque siempre estuviste cayendo en toda tu caída, por las fugas de tu suegra y de tu hijo, de emperador de pleamar con magnos dientes de nácar obispal a endriago tumefacto de costillas de tísico mordido por el abandono y la caries en la pocilga final ¡el último gnomo primordial con chaleco de pana y babero de lentejuelas y con su maravilloso corbatín de payaso enseñándonos el camino con su lelolay contra los vociferantes! Héctor, disfrazado de todo lo que había que disfrazarse Nieto del Palladium y de la matica de mafafa buscando el nirvana de las islas disfrazado de mesero en el escenario, disfrazado de maleante en una canción con letra de pastor, disfrazado de leproso lamedor en la alcoba de la trigésima rubia y Héctor, drogo ululante con la mano tendida niño bueno decapitado por la noche de la multitud, capaz de morir por la mirada de la última watusi de alisado pelo de matorral y ojos de guajira y Héctor otra vez niño bueno haciendo el arcoiris del continente con los crayones de su caída, Por tu voz, el noble amante se vuelve nazareno en el centro del orgasmo, la lágrima puesta en la almohada es un aviso clasificado y el hijo del hombre comienza siempre cantando en las cantinas Héctor Juan Pérez, hijo de Pachita la que cantaba en los entierros, y de Luis el que amansaba las guitarras, nacido en La Cantera, donde Ponce era tropel y guijarro, aprendiendo a no fracasar viendo fracasar en el Club Tropicoro de Nueva York, y ahora y para siempre Héctor Lavoe, el hermano de Priscilla, el que tuvo aquellos ocasionales ojos de puto victoriano, encontrando en su voz un cristal desconocido, y dispuesto a vivir de ese cristal tan frágil de su esternón tornasolado de canciller de los malandros, y de cada corrosivo negocio del alma cantado con sílabas perfectas Hétor, más lejos que nunca de aquel décimo piso del hotel de El Condado, quién negará que tú, vestido de monaguillo, de cielorraso o tío rico, dijiste nunca más a los impostores, a los profesionales del escándalo y tongoleles semestrales que solo querían tener porcelanas en la sala, y tú negaste a los generales, y dictaste el manual de bacán -el que sabe saborear de una y hasta el fondo el himno de la bicicleta y las nenas del aire- que insiste en su aguinaldo y su seis chorreao frente a las vitrinas de la Quinta Avenida Héctor Lavoe, no te salgas de ningún diciembre, no dejes de aplaudir los cuerpos que santifican la madrugada, deja que la mugre proteja a su mendigo, deja que el mar saque por fin sus trombones sordomudos, deja que Willie Colón se encarnice con los pavorreales, y no permitas nunca que los ojos y las tetas de las mujeres puedan ser promesas del gobierno.
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